[Cuento] Eres el único que no puede irse – Mauricio Díaz


Inspirado en un sueño de Gabriel García Márquez

Yessenia y Rubén fueron los últimos en llegar. No los veía desde nuestra licenciatura de octavo básico, y eso que juntos habíamos compartido toda la enseñanza prebásica y básica. Aunque fue más compartida con Yessenia que con Rubén la verdad, porque siempre nos sentamos juntos con Yessy en el colegio e hicimos grupo para las tareas grupales. Sin embargo, el tiempo y la vida habían creado una distancia entre nosotros, pero no puso en juego nuestros afectos. Aquello aún seguía ahí, a pesar de esta separación. Aún cuando fueron los últimos, su llegada completó la escena final. No falta nadie, pensé. No falta nada. Todos y todas están aquí conmigo. Maravilloso. Como un sueño cumplido.

No sé cómo sucedió. No sé quién lo organizó ni a quién se le ocurrió la idea. La cuestión es que estaba aquí solo y, de pronto, comenzaron a llegar uno por uno. Cada uno trayendo cosas para compartir y algunos utensilios para preparar otras cosas: hervidor eléctrico, sandwicheras, horno eléctrico, tazas, platos y cubiertos. Luego pusieron música y destaparon algunas botellas de sidra y otras de vino tinto. Y, sin darme cuenta, se armó la grande: una fiesta soñada. Improvisaron una mesa, que no era una mesa en sí ni servía para tal propósito, pero era lo único suficientemente largo que podía servir de mesa. Cuando se juntan tantas mentes bellas el ingenio aflora. Sillas, velas y flores teníamos de sobra. Las sonrisas también abundaban.

Y ahí estaban todos y todas reunidos. Estaban todas las personas que conocí alguna vez y con quienes siempre quise volver a encontrarme. La amargura nos sumerge en una soledad de náufrago creyendo que nadie más habita este planeta, pero los amigos importantes son como el sol en un día nublado: están ahí a pesar de que no los veamos. Había amigos lejanos y amigos cercanos. Antiguos amigos y recientes. Familiares cercanos, lejanos y políticos. Antiguas parejas recordadas y otras que no pudieron olvidarse ni olvidarme. Todos y todas están aquí. No falta nadie, pensé nuevamente.

Conversé con todos y cada uno de ellos rememorando anécdotas compartidas juntos. De la infancia, hablé con el Clavo, el Mosquito, el Manzana y la Cesiah. Explosión de risa en cada recuerdo. Siempre la infancia se queda con los momentos más graciosos y sabrosos. Con Yessenia, Franklin, Álvaro y Marcelo recordamos a los profesores de la básica: la Car’ecorcho, el Torombolo, el Jirafa y la Zulma. Nadie recordaba los verdaderos nombres de aquellos profesores, los que fueron sustituidos por sus sobrenombres. Con Ninoska, Patricio, Pilar y Tomás recordamos a los profesores del liceo: el Carnicero, el Loco, el Bala, el Breaking y el Piano (que lo llamaban así por lo negro y pesado). Nos pusimos serios un momento al recordar a los que ya habían fallecido. Profesores y ex-compañeros que ya no están con nosotros.

Y así continuó el resto de la velada. Conversando con primos, vecinos, camaradas y colegas que intentaron emborracharme, como en otras tantas ocasiones, pero no lo consiguieron. Toda la velada fue sólo gratos momentos recordando bellos momentos compartidos. Surtiendo la memoria con buenos y memorables recuerdos. Completando y coronando una vida satisfactoria. Una constatación de que mi vida ha sido buena y plena. Este es un placer y un gusto que todos deberíamos darnos alguna vez en la vida.

Cuando completé todo el circuito de conversaciones, también comenzaron a terminar los suministros de la velada, por lo que faltaba únicamente el momento de las despedidas. Fueron una seguidilla de apretones de manos, abrazos con fuertes palmadas en la espalda, besos en las mejillas, apretones cariñosos de pecho contra pecho y miradas francas y dulces. Miradas que decían: “Fue un gusto verte una vez más. Volveremos a vernos en otra ocasión”. Parecía que nunca terminarían las despedidas. Cada una merecía una dedicación especial. Siempre las despedidas son más largas que las bienvenidas.

El último en despedirse fue Rubén. Y había una razón para ello. Todas y todos los invitados lo sabían sin necesidad de ponerse de acuerdo. Como les conté al comienzo, con Rubén fuímos compañeros y amigos desde la prebásica hasta 8° básico. Sin embargo, nunca salimos solos ni nos visitamos en nuestras respectivas casas. Ni tampoco conversamos solos los dos. Siempre estábamos en compañía de alguien más (como Yessenia, por ejemplo), porque lo que unía nuestra amistad era el respeto mutuo. Rubén fue siempre elocuente y veraz, y yo lo respetaba por eso. Si existía alguien en quién podía confiar a ciegas, en que siempre sería sincero y hablaría con la verdad, ese era Rubén. Por eso todos sabían que sería el último en retirarse. Todas y todos sabían que sería al único que creería sobre la verdad que estaba oculta en sus palabras al despedirse de mí. Me tomó por los hombros, me miró fijamente, y dijo: “Eres el único que no puede irse”. Luego de eso, nos dimos un abrazo.

Todos y todas colaboraron en la limpieza y orden del lugar antes de retirarse, para que todo quedara tal como estaba antes de que llegaran alegres a despedirse de mí, y dejarme nuevamente solo junto a mi ataúd.




Mauricio Díaz. Nacido en Temuco, escritor y guionista de historietas. Desde el año 1980 escribe poemas y cuentos que están recolectados en su blog personal. En el año 2014, obtiene el primer lugar del IV Concurso de Cuentos Breves “¿Te Cuento?”, organizado por el Sistema de Bibliotecas de la Universidad Católica de Temuco. En el mismo año, es seleccionado por el concurso de microcuentos “Los Pueblos Originarios en Ciento40 Caracteres” con su relato «Ataque de Kolo Kolo». En el año 2019, se publica su cuento «El silencio de la lluvia» en la revista literaria Revista Zur, volumen 1 , año 1, de la Universidad de la Frontera. Actualmente, se desempeña como funcionario administrativo de una universidad estatal.

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