[Cuento] Anotaciones para no evitar un infortunio – Juan Matanza

Uno de los temas menos reseñados por parte de la crítica actualmente es la inmortalidad que, junto con el sueño y la locura, representan la pérdida de ciertos aspectos humanos. Se ha planteado tradicionalmente en la literatura que la condición inmortal responde a ciertos rasgos del mortal que persisten a lo largo del tiempo y se mantienen intactos (Nïm, 2020). Estos rasgos dotarían a su portador de una carácter súper-humano, adquirido gracias a la posesión de un saber o la conciencia de algo inefable (Besnard, 2018).

Aquí, yacería la principal contradicción en cuanto al concepto, entendiendo que es un carácter superior a lo humano, pero que aleja de la humanidad misma. Es la incógnita epistemológica de establecer si una propiedad desmedida en algo lo transforma en otra cosa, en razón de que la propiedad aumentada también condiciona al resto del ser.

Mucho se ha tratado en la creación literaria, pero solo Mark Rufus, renombrado filósofo, crítico literario y -casi al final de su vida- místico, en su libro Los vestigios del barro (2016) elaboró una tipología de inmortalidades en la literatura, en donde distingue tres grandes representaciones de esta condición a lo largo de la historia: física, indirecta y condicionada.

En primer lugar, este autor define la inmortalidad física como la persistencia del cuerpo. Dentro de esta existen tres subclases: biológica, absoluta y de partes condicionantes. La inmortalidad biológica según Rufus establece que el cuerpo puede mantenerse con vida un tiempo teóricamente infinito mientras no muera por un factor externo a su metabolismo; al igual que ocurre con el hombre crustáceo de la novela Crónicas de una visión (1974) de Ian Kosaki y el personaje de Litto del cuento Armes (2010) de Agustín Almeida-Ordoñez , ambos son asesinados luego de una vida que sobrepasó con creces el milenio. Por otro lado, la inmortalidad absoluta es para el autor simplemente la imposibilidad de morir; como lo experimenta el protagonista de Sueño pesado (1994) de Alfred Río, el cual sostiene un monólogo de más de seiscientas páginas sobre el “flagelo silente” que contrajo a los quince años. En cuanto a la inmortalidad de partes condicionantes, también muy cercana a la inmortalidad condicionada, se define como la posibilidad de morir solo si se ataca o destruye ciertos órganos o partes del cuerpo que sirvieron de condición en el trato inmortal; ejemplo de ello figura en los no-muertos de Drácula (1897) de Bram Stoker , que mueren solo luego de ser atravesados en el corazón con una estaca. Aquello, tradicionalmente se ha visto como símbolo de la pérdida del alma en tanto conciencia moral humana.

Rufus entiende la inmortalidad indirecta (o esencial) como la persistencia de ciertos aspectos humanos. Aquí se distinguen dos subclases: trascendental y simbólica. La primera, refiere a la esencia humana transmitida a través de alguna vía hacia otra entidad; como lo ocurrido en Los cantos de Maldoror (1869) de Duccasse, cuando el antihéroe experimenta su muerte y siente cómo su cuerpo comienza a ser habitáculo de nuevos seres que persisten en él. Por su parte, la inmortalidad simbólica se define desde la transmisión de la esencia por medio de actos que persisten debido a la voluntad. En este caso, los actos inmortales pueden persistir por la alteración que generaron en su mundo o por la valoración del saber que entregaron. Prácticamente cualquier cosmogonía cabría dentro de dicha clasificación.

En cuanto a la inmortalidad condicionada, el autor establece que es obtenida como destino y puede contar con una restricción o una serie de restricciones de por medio, similar a las cláusulas de un contrato. Se diferencian tres subclases: destinación con condiciones, destinación absoluta y destinación pese a la mortalidad. Primeramente, la destinación con condiciones se entiende como una inmortalidad obtenida en un caso particular y bajo circunstancias fortuitas; como las del protagonista de El retrato de Dorian Gray (1890) de Oscar Wilde, el cual dependía del estado de su retrato para mantener su juventud. Por otro lado, la destinación absoluta refiere a la imposibilidad de recibir cualquier tipo de daño o mella a causa del tiempo; al igual que ocurre con el Rey Infante de Trèsse en La encomienda vedada (1781) de Recht. En la destinación pese a la mortalidad, Rufus establece que la mella del tiempo y la posterior muerte son inevitables, el personaje solo está condicionado a eludir el daño recibido a lo largo de la vida que le fue dada. Un caso paradigmático de lo anterior se da con el deuteragonista de Acompañamiento (1951) de Ana Prince, el cual mantiene una relación afectiva con el protagonista (ambos sin nombre) que le dota de un destino intocable hasta su muerte a los noventa y seis años. Mucho se especula en la crítica del porqué ocurre esto en la novela, debido a lo poco explicativa que es Prince, pero existe un acuerdo común entre todos los que la han reseñado que propone la existencia de cualidades divinas en el protagonista.

Sin embargo, pese al trabajo de este autor, poco se ha tratado en la literatura el problema distópico de una sociedad inmortal. Para responder a cabalidad dicha suposición, cabría preguntarse cuál de todas las inmortalidades se presentaría como la más problemática al implementarse mundialmente. Las respuestas obvias apuntarían a la inmortalidad absoluta o a la destinación absoluta, debido a que estas propician la sobrepoblación al no existir ninguna muerte. Por ello, un ejercicio válido sería crear una narración en la cual la humanidad convive con esas condiciones (Rufus, 2013).

A continuación, se plantea una hipotética sociedad mundial que ha alcanzado la inmortalidad absoluta, por lo que nadie muere nunca. Aquí, los nacimientos dejaron de ocurrir tiempo después de que todos alcanzaran la vida infinita, como medida para contrarrestar la sobrepoblación. Aunque, a estas alturas no sería necesario crear métodos anticonceptivos efectivos, debido a que el apetito sexual fue saciado por toda la población hace cientos de años. Tanto en este, como en otros deseos, las posibilidades de placer fueron agotadas, lo cual reforzó la conducta asexual en todos los sentidos. Por otra parte, es más probable que alguien desaparezca a que muera, debido a que el fallecimiento de alguien solo es posible si todas sus células son destruídas casi al unísono.

Explica Mark Rufus (2013) que la construcción de este modelo de sociedad no sería fácil ni instantánea, por el contrario, sería un proceso complejo que llevaría muchas vidas y que duraría cerca de un milenio. Por supuesto, las esferas más elevadas del mundo tendrían el primer acceso para adquirir el tratamiento, una vez estuviera probado y funcionando sin ningún tipo de complicación. A lo largo del periodo de experimentación se harían los primeros sacrificios para el valiente nuevo mundo; el conteo oficial marcaría supuestamente tres millones de muertos exactos, sumados a los incontables casos de mutaciones adquiridas. Todos serían sujetos de experimento asalariados por comida y un intento de sueldo.

El inconveniente principal en los primeros años sería que la apariencia a persistir en el tiempo es la del momento en que se comienza el proceso. Por lo tanto, esto haría aumentar la demanda de cirugías estéticas y tratamientos de belleza. Sin embargo, sería un problema a menor escala y que solamente afectaría a los sectores más acomodados de la sociedad.

Con el pasar del tiempo el tratamiento para la inmortalidad absoluta se volvería más accesible para la población y todas las naciones decidirían comenzar a legislar en común sobre el tema. Primero se propondría la esterilización total, pero el gran problema es que para ello también habría que encontrar una forma de operar a todos lo que ya son inmortales. No pasaría mucho para que se exigiera la votación por mantener o aumentar la población.

La investigación científica no sería esperanzadora en la búsqueda de una solución para frenar la concepción de nuevos humanos y en la votación una amplia mayoría se impondría a favor de mantener la población. Luego avanzarían los años y perderían su significado, ya que todos los inmortales viven para siempre. Con el detalle de que algunos tendrían hijos, pero estos morirían al poco tiempo de nacidos a causa de las condiciones medioambientales y la escasez de recursos.

¡Finalmente! La solución aparecería como inspirada o secundada por las consecuencias de la acción humana. Así, los gobiernos implementarían la intervención masiva, la cual se ajustaría a los recursos de cada zona: envenenamiento de las aguas, bombardeos incendiarios o gases tóxicos. Mientras no se destruyan todas las células los inmortales resisten y el resto no. Aquello sin duda empeoraría todos los ecosistemas, haciendo imposible la subsistencia de cualquier animal no tratado.

Luego se agotan las pasiones, las ambiciones y los deseos, por lo que la sociedad se divide. No hay enfrentamientos ni debates a gran escala, por un lado se van los civilizados y por otro los presentistas, que actúan por instinto, como una colonia despersonalizada y carente de toda individualidad entre sus miembros. Estos últimos viven a la intemperie, recibiendo las últimas limosnas de las sobras de la tierra.

Los civilizados habitan grandes ciudades de edificaciones infinitas. Su paisaje se presenta así debido a que técnicamente todos los edificios están conectados por algún pasillo, puente o túnel. Aquella es la mejor forma para que los revisores puedan moverse a sus anchas en el trabajo.

Su labor es eficiente pero estéril, a pesar de que todos los civilizados investigan. Debido a su condición, estos trabajadores pueden cumplir turnos de veinticuatro horas, siete días a la semana y con un descanso mensual. Alguien podría juzgar que son las circunstancias óptimas para una sociedad “avanzada”, sin embargo esta sociedad no ofrece nada para vivir, ya que todas las necesidades están saldadas de antemano. La calidad de integrante no retribuye nada, por eso trabajan infinitamente. Nadie se los ordena y no hay ningún líder entre los revisores. Su única regla es compartir todos los registros existentes.

Entre ellos podría existir uno que encuentre un registro fuera de lugar en los archivos a su cuidado. El documento no estaría digitalizado y parecería ser parte de una publicación más extensa. En algún momento la humanidad tuvo la costumbre de compilar un conjunto de textos para que fueran leídos por otros, pensaría el revisor.

Tocaría esos papeles y se preguntaría cómo algo tan delicado pudo resistir el paso del tiempo. Es seguro que el documento tiene más de trescientos años, debió ser publicado en la transición del papel al archivo digital. Probablemente data del tiempo en que se usaban los dos medios en conjunto. Las letras, en algún momento negras, figurarían de un gris casi traslúcido y las hojas que las soportan ahora se asemejarían mucho al papel que utilizan algunos civilizados para practicar el antiquísimo vicio de inhalar humo.

El revisor observaría la carpeta de donde extrajo el documento, a la débil luz de su monitor intentaría leer lo que dice: NO REVISAR. Entonces, como si las palabras le indicaran exactamente lo contrario, comenzaría a engullir el texto con la vista, luego con la mente y al final con todo el cuerpo. Sus dedos saltarían en el escritorio de plástico; mientras que sus pies darían pequeños pisotones en el suelo macizo; y su otra mano pondría a escanear cada página a medida que las va leyendo. El procesador de datos hasta ese momento igual a todos los demás, con su monitor táctil y escáner de negro desgastado, comenzaría a ser diferente.

El documento se presenta como un ensayo literario, un tipo de texto que conocería muy bien el revisor, debido a que en otro tiempo de su vida se dedicó a la crítica de narrativa. Hasta fue considerado especialista en un escritor que, con todos los años y experiencias de un milenario encima, hoy considera un completo charlatán.

El hecho de que a él le interese el texto no es casual, pese a que la teoría literaria en su contexto no tendría ningún valor, él al igual que todos los revisores buscaría algo. Todos ellos buscarían, aun cuando conocen todo lo que es posible saber, esa sería la maldición de poseer el infinito, la eternidad o cualquier cosa inconmensurable. Los seres de este tiempo pretenden forzar la creación de un más allá en base a su deuda (Matanza, 2022).

Al revisor le obsesionaría -en principio- el texto porque es un ensayo sobre las representaciones de la inmortalidad en la literatura, en el cual se les clasifica, se dan ejemplos, se intenta interpretar su significado y su lugar simbólico. Estaría escrito por J. Matanza, autor que irónicamente vivió muy poco, verificaría más tarde. A medida que lee le llamaría mucho más la atención hacia donde va, ya que el texto propone la existencia de una hipotética sociedad de inmortales…

Al finalizar, antes de caer de forma irrevocable en la autocompasión y llorar a gritos golpeando y rompiendo todo a su alrededor, en un acto miserablemente humano, se daría cuenta de su condena que a esas alturas sería impersonal y obviamente eterna. En el momento en que el texto fue mostrado, la humanidad estaba condenada a la inmortalidad y, en consecuencia, a su destrucción.

Por tanto, con su interioridad perdida en un abismo, pensaría: salvar a la humanidad implica impedir que alguien lea esto, condenarla y superarla obliga a hacer público este texto.






Juan Matanza. Nacido en la ciudad de Temuco, criado en el sector de Santa Rosa, a orillas del río Cautín. Lector del Conde de Lautréamont y Diamela Eltit. 

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