[Poema] Roque A. Cabrales




Trilogía de la cotidiana tragedia


I Tiendo a lo automático

A veces tiendo a lo automático,
¿No les pasa a ustedes?
Es que no hay pausa en mi quehacer,
no hay posibilidad de detención.
Las horas se me van en el hacer,
hacer,
hacer

Si,
decir ‘a veces’ no es más que un decir,
en realidad es casi siempre.
Sentir por más de cinco segundos el tic tac,
en el más abrumador de los silencios improductivos,
es la tortura
que envenena mi calma.
Así que me dejo llevar. Me apago y me hundo;
la siguiente tarea es primordial,
¿Cierto?
Yo no sé qué es lo que pretendo.
¿Por qué simplemente no puedo cerrar los ojos
a las cuatro de la tarde,
o a las diez de la mañana – ¿qué importa? –
y aspirar a ser una gota de desmemoria?
¿Por qué no puedo simplemente
descronogramar mi respiración,
y entregarme al libertinaje del (paréntesis)?
¿Por qué debo justificar mi existencia
con una cadena inútil de haceres?
¿Por qué me cuesta tanto deshacerme de esta carga?
¿Qué es lo que pretendo?
Es la constante autovalidación.
La certificación de que estoy vivo,
de que sirvo,
de que tengo algo que ofrecer,
aunque al fin y al cabo todo se diluya
en la perspectiva del tiempo.
Me abruma esta carga.
Si el infierno es algo, entonces es esto:
perder mi conciencia en un automático andar,
sin preguntas abiertas,
sin matices,
sin abstracciones,
sin cuestionamientos,
sin fluctuaciones,
sin pegarme, estupefactarme, admirando la nada,
apagado,
diluido,
encadenado a la siguiente, y a la siguiente,
y a la siguiente,
y a la siguiente tarea.



II La purificación

Envidio la purificación a la que
un pedazo de loza aspira en mis manos,
pero que yo mismo no logro alcanzar.
Envidio la intimidad que consuma conmigo,
y su viaje solaz hacia la restauración seca.
Ojalá pudiera fregar mi propio cerebro,
mis propias venas,
esta memoria
de tanta grasa,
tantos restos pegoteados,
conducirme a mí mismo una y otra vez
al origen seco y puro, si existió tal cosa alguna vez.
Pero no. El proceso no es recíproco,
sino que a la larga absurdamente traumático.
Ni sé siquiera por qué me obsesiona tanto
la idea de lo puro.
Y es que nadie valora un plato sucio,
nadie bebe de un tazón con restos.
La lógica tortuosa me indica
que la purificación se relaciona
con la posibilidad de ser
importante para alguien.
Y no puedo evitar sentir que no lo soy…
salvo quizá para esta loza,
pues nadie las deja tan limpias como yo.



III Barrida

Qué otra cosa podía esperar.
Quedé
lleno de polvo hasta la poesía,
por virutillar hasta la mancha más precaria
y más solitaria de un suelo olvidado
en algún rincón de casa,
¿o era en mi alma?
Yo,
no alcanzo a recordar,
pero lo cierto es que
podría estar barriendo por la eternidad
el peso infinito de una mancha lijada
que transmutó su espíritu en millones
de partículas polvorosas,
cuál de todas más desesperada por permanecer,
por ser parte de algo,
insistiendo apasionada
y patéticamente en un supuesto
e inexplicable propósito.
Mmm. Es gracioso.
No me había dado cuenta hasta ahora
cuánto es que este polvo suelto refleja
hasta mi última fibra,
hasta mi última pregunta.
Al final dejé la escoba tirada por ahí,
me llevé el polvo, su desesperación,
y la mía propia a la ducha.









Roque A. Cabrales, nacido en Talcahuano emerge como escritor y poeta al llegar a Victoria en 2017, si bien ya antes había comenzado un lento crecimiento en su narrativa y estilo. Mediante el colectivo de autogestión literaria Lemuria de Victoria, logra ser parte de dos textos recopilatorios, uno impreso y otro de carácter digital. Además, en 2018 establece su propia marca al publicar el primer número de la serie de fanzines “Puerta Extraña”, que durante 2021 espera ver el número 6, así como una versión audiovisual de cada revista antes emitida.

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